Texto: Carlos Oriel Wynter Melo
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Para el hombre de piernas mecánicas, la crisis energética es más grave de lo que parece. Esto es porque hace años cambió sus extremidades por autos diminutos de doble tracción, su inteligencia por computadoras y sus deseos por programas televisivos.
Con su última gota de gasolina, tarde o temprano, intentará cruzar la calle y quedará dormido en su centro como un gorrión que se acurruca despacio. Su corazón de metal, rayado con un nombre de mujer, podrá verse entre sus ropas justo antes de dejar de andar. El silencio será el único que susurrará la historia acabada.
2
Sin embargo, el hombre con piernas mecánicas no imagina así su final. Es demasiado optimista para semejante visión. Aceita sus extremidades cada noche y les pinta dibujos que las modernicen, les pone alas de poliuretano.
Durante el día, trabaja en la reparación de juguetes. Ahí pasa jornadas de ocho horas atornillando mecanismos. No se da cuenta que es una labor fatua: los niños tardan poco en volver a dañar los aparatos.
A veces se enamora, si es que eso ocurre a quien tiene un corazón de metal. Por su misma naturaleza, no le representa riesgo ninguno; no sufre; solo ve atardeceres, besa, acaricia y espera el fin de la relación.
Acaso lava las piececillas de su bomba cardiaca con alcohol desnaturalizado una vez cada dos días. Sobrevivió así los embates de una mujer a la que realmente amó, hace mucho tiempo.
3
El mundo acaba todos los días. Esta es una máxima que habría que recordar al hombre de piernas mecánicas. El mundo acaba todos los días, habría que decirle con verdadero cariño…
Justamente cambió sus extremidades por autos diminutos de doble tracción, su inteligencia por computadoras y sus deseos por programas televisivos, para evitar la muerte. La mujer amada le hizo sentirse tan frágil que ya no quiso ser de carne y hueso.
Y después, cuando tarde o temprano agonice, cuando se evapore la última gota de gasolina en su pelvis de levas, cuando descanse por fin de pesados artilugios, sentirá nostalgia de cuando vivía y moría y renacía en cada momento.
La fuerza de esa melancolía casi encenderá su cuerpo una vez más. Pero no. Solo su corazón marcado con un nombre de mujer dirán algo a quienes vean su cadáver.
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