
En lo más profundo de la campiña interiorana sucedió un macabro acontecimiento. Un hijo, en un ataque de ira, asesinó a su madre y para ocultar el crimen la cortó en pedazos y la enterró en el patio de su casa. ¿Cómo puede ocurrir semejante tragedia?…. Una crónica lo trata de explicar.
Por: Víctor Alejandro Mojica Páez
1.La hermana
Cada vez que Amelia Pérez echa el cassette pa´ atrás y recuerda a su hermana Carola, la cabeza se le desploma a orillas del corazón y su respiración se disipa. Queda muerta, sola… Y siempre ocurre lo mismo desde aquel domingo de fin de mes -enero 21, 2007-.
Ese día la comunidad de Caratillo, Macaracas, fue convocada a la casa comunal para discutir el histórico problema con la falta de agua. Amelia estaba en el oeste de la ciudad capital, en Burunga de Arraiján, a cientos de kilómetros de su pueblo, así que se adelantó unos días, con sus hijos, a ver si de paso aprovechaba el viaje y visitaba a su hermana del interior, que nunca faltaba a estas convocatorias.
Ya metida la tarde empezó a inquietarse, recuerda. La reunión estaba por acabar y nada que aparecía Carola. Amelia consultó con una vecina que sólo le reportó haber visto a su hermana colgando una ropa, pero hace mucho tiempo.
Inmediatamente pensó en Gabriel, en sus asquerosos gargajos y la tácita prohibición que había establecido a Carola: evitar todo contacto con familiares y vecinos. Recordó también los episodios violentos que comentaban en Caratillo: de su hermana huyendo de madrugada, bajo pleno aguacero, del sobrino iracundo que no paraba de gritar hasta de que se iba morir.
Pensó también en el Corregidor, que meses antes le comentó sobre unos abusos reportados, que Carola negó insistentemente, y en las palabras repetitivas de su hija “denúncielo” . Por último se acordó de su tío, de ese que siempre le decía, “usted no puede hacer eso -denunciar al sobrino-. Ella -Carola- la desmiente y usted queda mal”. Y así fue, Amelia se regresó a Panamá siguiendo las sugerencias del tío, pero más intranquila que nunca…
Caratillo es de esos pueblos interioranos al que sólo se llega preguntando. No aparece en Google Earth, tampoco en Wikipedia y menos en las guías locales. No es fácil ubicarlo y menos si no se tienen gestas heróicas, ni tipiqueros populares que orienten su destino. Además, el escenario a priori y a posteri, luce tan parecido, que estoy manejando perdido de regreso. Caratillo es más bien una calle y larga y algunas casas disperas que hacen un todo, una cordillera rojiza y un pueblo. Oficialmente pertenece al corregimiento de Macaracas, en la Provincia de Los Santos.
Fue en este lugar donde apareció Carola decapitada unas semanas despúes de la reunión comunal. A unos cuantos metros de aquí, de la casa de Amelia, ubicaron las fosas con los pedazos de su hermana, en “sepulturitas”, como quien esconde soldaditos en el jardín de su casa o mojones de un micho.
Desde su portal se observa la casita de su hermana. Imagino a esta señora sola, abandonada en este rincón, volteando la cara y observando la residencia donde ocurrió todo, todos los días, y a la vez intentando olvidarlo.
Su casa es igual de pequeña que la de Carola. Es más bien paredes, porque el piso es de tierra. Hay papeles viejos, recortes de los diarios de aquel momento sobre una mesa, y una foto de Carolina joven, de 18 años o más, que su hija se la encaramó en lo más alto del techo para que no esté manoséandola y llorando con ella.
- A mi abuela le hacía travesuras. Le tumbaba los palos de Ceibo que tanto quería- dice con tono nostálgico y pausado. Aunque todavía no se explican los motivos, ahora que todo sucedió es más claro el panorama. Por eso Amelia se fue al inicio, donde según ella, podría estar la génesis de este “diablo”…
Con ese mismo tono, agrega que en su adolescencia, el violento sobrino comenzó a atacar a las yegüas que usaban para traer leña de la cordillera, “las hacía malparir a las pobres” y en las noches, cuando tomaba, asaltaba en la oscuridad a las mujeres que caminaban por esa calle sin fin…
Amelia hasta escuchó, de boca de uno de sus hijos, que en una ocasión casi envenena a unas “sobrinitas que les gustaba mucho la leche”. Según su hijo, el “diablo” dejó en el patio una botellita con veneno blanco para que las chiquillas se confundieran con los garrafones que tanto saboreaban. Por suerte detectó el atentado a tiempo y no ocurrió una desgracia.
Con Carola el trato no variaba en lo más mínimo. “El quería destruirla. Ella traía plata, compraba bloques y carriolas y cuando ella se iba a trabajar y venía, él se las vendía.. Gabriel se excusaba siempre y acusaba a asaltantes locales. ¡Era pura mentira! confiesa la anciana.
Carola se ganó la vida dignamente por todo el país vendiendo comidas en una fonda. Se le veía por Las Tablas, en La Chorrera o en Chitre, detrás de los focos amarillos y el mostrador plástico, sirviendo carimañolas con lechona y ensalada de fiesta. Un ejemplo de sacrificio. Hasta construyó su casa con esta faena semanal.
Los años y el maltrato la castigaron con dureza y la alejaron del negocio. Sus últimos días los vivió en su casa, pasando hambre. Un fallo surgido por el caso la describe de esta forma:“Tenía una estatura de 1.56 mts o 1.58 mts; peso de 93.5 lbs. Había sido hospitalizada en varias ocasiones, con celulitis aguda, úlcera infectada en el tobillo derecho, anemia carencia, hipertensión mal controlada, temblor senil, etc”..
Por eso se dice de todo sobre este crimen y Gabriel, porque nadie entiende como un hijo le puede cortar la cabeza a su madre. Se comenta que le quería robar las tierras y que el dinero se malgastaría en vicios y mujeres, que representaba una carga, pero sobre todo se enfatíza en que eran cosas del diablo mismo. “Ese hombre está loco. Nadie mata a su madre así…. Eso es el diablo”…
La conversación concluye y Amelia me lleva a la casa de Carola. Cruzamos el terreno de la disputa, y una cerca de púas, hasta que por fin llegamos. Todo está tirado, revuelto, abandonado y con restos de fogatas. Nadie pisa este lugar tétrico desde aquellos días. Se ha tornado en un mal augurio, porque todos piensan que aquí Gabriel cercenó a la pobre vieja.
Amelia señala unas viejas sillas y me comenta que “ahí encontraron una sepulturita”. La anciana abandona el lugar y se recuesta al marco de la entrada de la casa. Está a punto de desplomarse, ya tiene los ojos cerrados…
2.El hallazgo
Gabriel Escobar estaba en “fuego” todavía cuando la fiscal Vielka Broce le preguntó por su madre reportada como desaparecida – la sobrina de Amelia denunció el caso 10 días despúes de la reunión comunal-. La noche anterior se había metido una “juma”, con riña incluída, en el billar de Macaracas que lo dejó en la cárcel pasando la goma. El guaro lo tenía arrollado, sudaba a chorros, pero logró comunicarle a la agente, muy tranquilo e indiferente, que su madre estaba de paseo en Panamá con su otro hermano.
La experimentada fiscal, que en los últimos 30 años ejecutó todas las funciones del engranaje del Ministerio Público, se marchó incómoda, intuía cosas malas, y regresó a la comunidad a recopilar más información. Allá se enteró que Gabriel no dejaba que nadie visitara su casa y menos a su madre. Consultó a los transportistas que negaron haber movilizado a la señora en días previos. Localizaron al hermano de la capital que desconocía de la visita de su madre. Nadie en Caratillo sabía de Carola en mucho tiempo.
La fiscal retornó la mañana siguiente a la cárcel, con más sospechas que nunca y nuevamente le preguntó por su madre a Gabriel, que esta vez, sin ese “tufo” añejo, denunció ser víctima de una organización criminal de hombres encapuchados, que llegaron a Caratillo en un vehículo negro y secuestraron con golpes y amenazas de muerte a su madre… “Ajooo.. aquí hay gato encerrado” se dijo la fiscal.
Ocultar un cuerpo en un potrero quebrado, de extensiones incalculables a la vista, no es una idea tan descabellada. Podría incluso conllevar impunidad. Eso lo sabía la fiscal Broce, tal vez por las referencias de la dictadura y sus desaparecidos.
Armó su equipo de trabajo: una secretaria y dos asistentes y partió a la cordillera rojiza, a buscar a Carola. Ya en Caratillo pidió el apoyo a la comunidad, y en un par de horas, más de un centenar de colaboradores -abuelos, campesinos, policías, perros, vecinas, Amelia y su hija, periodistas- armados de coas, machetes y palas empezaron a buscar a Carola por todo ese potrero.
Sólo los niños fueron retirados del lugar. Dedicaron 2 días enteros al trabajo de campo. La fiscal Broce perdió las uñas de los pies con el esfuerzo que conllevaba desplazarse en esa cordillera “canalla”. No tenían rastros, la escena del crimen era del tamaño del planeta, y los gallotes que siempre alertan en estos casos no colaboraron.
A los días llegó la noticia. Apareció como olor a basura podrida y cerca de una quebrada. En un cartucho negro. Uno de los tantos voluntarios se acercó y clavó su machete para salir de dudas y se asomó una cabeza de una mujer, anciana, carcomida y severamente golpeada.
Todo se derrumbó. “Había una mezcla de todo, de preocupación, porque jamás habían tenido un caso como este aquí. El hecho de que sabían que hubo violencia doméstica y nunca se denunció, había un sentimiento de culpa…”, recuerda la fiscal.
Los forenses echaron la cabeza en un saco para cotejar pruebas de ADN y comenzaron a descender la cordillera. Detrás se acomodó el pueblo, como en una procesión o un sepelio. Abatidos, se abrazaban, rezaban y lloraban, siguiendo la cabeza de la vecina Carola cuesta abajo, con la tarde perdíendose a sus espaldas, murmurándo que Gabriel violaba a su madre -hecho no confirmado-, que Gabriel la dejaba sin comer, que Gabriel era violentísimo, que un niño lo había visto sin camisa, fuera de sus cabales, días atrás, cargando un cartucho negro por este lugar, que Gabriel era y era… Ya era demasiado tarde…
Los días que siguieron encontraron revistas de Hitler, recortes de periódicos con información de la primera guerra mundial y análisis de políticas económicas mundiales, así como múltiples fosas, tanto en la casa de Carola, como en su patio. Allí ubicaron dedos, pelos, “él la tuvo que estar moviendo” dice la agente. También se detectó una cama de cuero de vaca quemada, que casi acaba con un frondoso árbol “presumimos que ahí pasó algo”, agrega. Los vecinos relataron, en esos días, que veían a la distancia enormes fogatas y a Gabriel moviendo y limpiando basura.
Por último apareció el cuerpo de Carola, incrustado en la base de un árbol, semienterrado, putrefacto. En una pendiente empinadísima, que la fiscal para convertirla en ejemplo, agarra con una mano una pluma y la ubica de forma vertical y con la otra señala el grado de dificultad. “Si la comunidad no nos ayuda este caso no se hubiera resuelto” confiesa la funcionaria. “Recuerde que sin cuerpo no hay delito”…
La fiscal Broce es alta, de rasgos interioranos, intelectual y ante todo solidaria. Desde que ocurrió este asesinato recorre todo el distrito haciendo trabajos de prevención. En sus charlas educa, con el caso de Gabriel y otros que rayan en el “canibalismo”, a corregidores, maestros, vecinos y hasta niños. “Se sorprendería si le dijera que no saben que es un delito de violación sexual o doméstica y mucho menos donde se denuncia”…
3.La acusación
Y loco no estaba…
Los psicólogos forenses determinaron que en Gabriel Escobar “no existe alteración alguna en cuanto a su nivel de conciencia ni en su juicio de raciocinio”. Tampoco presenta trastorno de personsalidad. Prueba de ello es que se acogió al artículo 25 de la Constitución para no declarar en su contra, rechazó el detector de mentira por “inconstitucional” y tampoco participó de la reconstrucción de los hechos. Salió hasta negativo en las pruebas antidoping de cocaína y marihuana.
El Ministerio Público no estableció el móvil, pero la autopsia y otros recursos médico-forenses permitieron establecer una causa probable: “Hubo un intercambio violento entre el agresor y la hoy occisa, la cual involucró un trauma torácico y craneal con objeto contundente lo cual pudo alterar la conciencia de la víctima y por lo tanto realizar una decapitación sin resistencia. La trayectoria del corte fue de atrás hacia adelante”…
Fue el fiscal Eduardo Guevara, un técnico de primera línea, con estudios de Francia, a quien le correspondió condenar a Gabriel Escobar. En su oficina, en Panamá, recuerda con los pies cruzados, y la mirada en el techo, cada detalle del juicio.
Gabriel Escobar escuchaba indiferente su alegato, con esa frialdad que mantuvo durante toda la investigación. A un lado estaba el pueblo afligido. El educado abogado se ubicó frente al jurado, severo por sus decisiones -31 sentencias condenatorias en 34 casos en los últimos 7 años- y en ocasiones atendía al Magistrado que escuchaba muy atento a su costado izquierdo. Habló del pantalón encontrado con restos de la misma tierra donde aparecieron pedazos de Carola. Evidencia que lo ubicaba en el lugar del crimen. Destacó la negativa del imputado de no reportar la desaparición y revelar múltiples versiones durante toda la etapa investigativa.
Hasta les dedicó unas palabras al pueblo colaborador de Caratillo: “Tenemos varias manifestaciones sociológicas que demuestran que aquí en esta sociedad, conmovida por un capitalismo y entorno feroz, hay espacios para la compasión humana”…
Ese 23 de octubre de 2007, el Tribunal de las Tablas estaba agitado. Medios reportaban desde los predios todo el episodio y adentro el fiscal Guevara pedía la condena máxima al imputado, que minutos antes se declaró inocente de todos los cargos.
Guevara se sentó a esperar el veredicto, seguro de la condena. Un encargado del jurado de conciencia pasó la decisión al Magistrado en un papelito que leyó segundos despúes, en voz alta, al público tenso, que una vez escuchó la pena máxima impuesta al asesino estalló efusivo y seguido un silencio abrumador, muy similar al que apareció con la cabeza de Carola, en la cordillera rojiza, se acaparó del lugar.
“El juicio se realiza con un público que no interviene, paciente, observardor, impotente, con interéses creados. Le es muy difícil mantener comprimida esa energía. Esa energía se libera, pero para otros es el inicio de otra etapa traumática..”
Guevara asegura que este caso hay que observarlo como un hecho de violencia intrafamiliar en su grado de “excepción”. Las conductas violentas que son repetitivas pueden transformarse y llegar a convertirse en figuras tan abominables como un parricidio, relata.
Gabriel también representa, según el investigador, la migración al campo de esa cultura del crimen urbano que busca la impunidad. Anteriormente los homicidas arrepentidos se entregaban en estas zonas rurales.
Esa noche el Fiscal se recogió en casa y meditó en su intimidad. Analizó las estrategias aplicadas y su ejecutoria, por supuesto, pero sobretodo razonó sobre el valor de la vida, sobre nuestra fragilidad.
“Hay que pensar en la atención y vigilancia de los adultos mayores que presentan carácter de vulnerabilidad. Están condicionados a ser víctima de violencia intrafamiliar”…
4.El diablo
La cárcel de Las Tablas, dicen los reos de la joyita -el peor penal del país- es un hotel 5 estrellas. Yo estoy afuera del lugar, esperando la hora de visita con varios campesinos, mujeres y hombres, algunos más viejos que otros, y no observo mayor diferencia. El lugar me parece de los más detestable. Hay policías amargados, revisiones desagradables a la comida, celdas oscuras y sucias, con tatuajes horrendos, de caravelas, serpientes y puñales, que resaltan de brazos, tambuchos, ropa colgada y por supuesto ese olor a cloaca que genera el hacinamiento de hombres.
La cárcel de Las Tablas, como en otros rincones de Panamá, es parte del cuartel policial. Es chica. No caben más de 160 internos. El patio es mínimo, igual que el salón donde espero ansioso a Gabriel. “Dealers” blanquitos y sus novian se besan, la mayoría de los reclusos comen de las vacijas rellenas de arroz y salsa, y llevan camisetas nuevas con la palabra “change” en el pecho; reciben al mismo tiempo caricias en la cabeza.
Tengo a Gabriel al frente y no me he dado cuenta. De diablo no tiene nada, parece más bien sufrir de un retardo. Que raro. En Caratillo cuando pregunta por él los ojos se pelaban o se escondían. Hasta escuché “¿Ya lo van a soltar?”…
El presidio lo tiene más blanco de lo normal. Lleva un corte parejo de cabello y está más inquieto que nunca. No deja de halarse los dedos de sus manos, de sacudirse las piernas y llevarse la camisa a la cara. Tampoco mira a los ojos; cuando lo hace se asoman unos ojos pequeños, achinados y claros. Además, conversa como borracho.
Entre lo poco que entiendo, habla de “enemigos”, que supuestamente sus vecinos conspiraron con las autoridades para sustraer los terrenos “legítimos de su padre”. Que su madre “seguramente se cayó en el río y se murío y que los vecinos se encargaron de cortarle la cabeza”.
No mide más de un 1.70. No puedo siquiera incorporarlo a una escena dantesca con hachas y decapitaciones. Esperaba otro criminal. Le pregunto por qué no reportó a la mamá y se sale con que conoce a Julio Berríos, el abogado de Noriega. Se hala el pelo y sonrie. Me dice que tiene 5 mil dólares para un buen abogado, que sólo se conocío una parte del caso y que no duda que su salida está cercana.
- ¿A tí te maltrataron? le pregunto.
- “A mi papá lo dejaron morir de hambre”, contesta y golpea con sus puños una pared que tenemos de por medio.
Repite todas las versiones que mencionó durante la investigación y en momentos se refiera a Alemania, Estados Unidos y el poder armado como para compensar su poca escolaridad -4 grado-. “Yo no tengo antecedentes de nada, ni de robo, ni de nada. ¿Tú crees que yo quiero estar aquí”…
Le insisto sobre su madre, a ver si reacciona diferente. ¡Sabes que le cortaron la cabeza!, ¡Qué apareció detrás de tu casa!, ¡Todas las pruebas te señalan! Le repito. A Gabriel se le pierden los ojos por momentos, parece que tuviera hormigas encima. Sin embargo contesta, luego de una turbulenta meditación, “yo la quería mucho” con una sonrisa ligerita, por no decir cínica…
5.El dato
Del 2007 a la fecha 122 mujeres murieron violentamente a manos de hombres, -entiéndase novios, padres, hijos, esposos, amigos, tíos,desconocidos-.
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