Recordando los bombazos
Testimonio de un antiguo corresponsal de la agencia de prensa France Press, que cubrió la invasión a Panamá. El periodista, oriundo de Chame, tomó notas por esos días que llovían balas y bombas. 20 años despúes, las reproduce para El Guayacán.
Por: Manolo Álvarez Cedeño
Ambos rodamos varias veces por el suelo, más atemorizados ahora por la cercanía de la muerte que rondaba por cada recoveco del populoso barrio de El Chorrillo. El periodista “placino” José “Pepe” Collado, corresponsal de una agencia noticiosa de México en Panamá, rebotó tres veces contra la calle, quedando bastante cerca del cadáver de una enorme señora que en bata de dormir, yacía con la inmovilidad de los sepulcros, frente a la puerta principal de aquella penitenciaría frente a la Huerta Sandoval. Miré mi reloj de pulso que me devolvió las 10:00 de la mañana de ese 20 de Diciembre de 1989. -Las cosas se van a poner más díficiles-, pensé.
Estábamos frente a la cárcel Modelo, y el ensordecedor estruendo de aquella bomba lanzada contra el ya convaleciente Cuartel Central llegó tan cerca de nosotros que nos lanzamos contra el pavimento, porque pensábamos que aquella artillería no demoraría en granizar con su mensaje de destrucción, el área en la que estábamos.
Los que a esa hora transitaban por aquel lugar, lo hacían como sonámbulos que caminaban con los ojos cristalizados por el terror que vivían desde las 11:50 de la noche del miércoles 19 de Diciembre, hora exacta en que inicia la invasión estadounidense a Panamá. Fue en ese espacio de tiempo, cuando se dan los primeros fuegos en el área de Red Tanks, al este de Fuerte Amador. En esa primera acción del ejército de Estados Unidos uno de los tanques que formaba parte de un convoy, le disparó a un patrulla de la policía panameña, muriendo el teniente Sidney Lions, de acuerdo a una serie de fuentes oficiales ligadas a los denominados Batallones de la Dignidad de Panamá.
NO HUBO VILLANCICOS, SINO GRANADA Y METRALLA.
Era el 20 de Diciembre de 1989. Era el barrio de El Chorrillo que aunque esperaba el nacimiento del Niño Jesús, amanecía aquel día alumbrado con brillantes proyectiles, que en nada se parecían a las luces de los arbolitos de navidad que adornaban la gran mayoría de los cuartos chorrilleros.
En ese momento, tampoco se escuchaban villancicos, ni la música de salsa navideña del “Brujo de Borinquen” Ismael Rivera, que tanto agrada para estas fiestas a los moradores del barrio que dormita a las faldas del Cerro Ancón, de doña Amelia Denis De Icaza.
No. Aquel 20 de Diciembre no sonaba aquella música, sino el retumbe de la metralla que desde la madrugada no dejó dormir a nadie en el barrio, y que mandó “a dormir para siempre a muchos” en ese mismo guetto arrabalero de caserones de madera, originalmente dormitorios de a principios del siglo veinte, de quienes con su músculo y sudor hediondo a pobreza, abrieron aquella herida en el ombligo hasta entonces virgen de nuestro país.
Ya el 20 de Diciembre, cuando el día se hacía fuerte a la mitad de esa fecha, caminaba cautelosamente con Pepe Collado frente al cementerio Amador. En ese momento observamos primero a la lejos, una especie de libélula gigante que reposaba al ladito en la acera de esa calle, como si intentara “en vano” ocultarse de la mirada de los que caminaban por allí. Al acercarnos casi agazapados, nos percatamos que esa libélula tenía la cola rota y las aspas torcidas, al igual que astillados sus ojos. Se trataba de un pequeño helicóptero UH-60 de observación, de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos que había sido derribado durante la medianoche o la madrugada del 20, por algún miembro del ejército panameño, o de los denominados Batallones de la Dignidad. Nos acercamos con sigilo y extrema cautela hacia aquella libélula metálica que yacía abatida en la calle. Me asomé a través de unas de sus puertas semi abiertas para percatarme que su interior estaba vacío, sin el mínimo rastro de sangre o de la existencia de sus dos tripulantes.
Nos miramos sin hacer comentarios, para después caminar un par de pasos más, hasta toparnos con el enorme cuerpo de aquella señora, que yacía frente a la puerta de entrada de la cárcel Modelo. En aquel rostro sin vida sólo la palidez del final se hacía presente. Estaba descalzo ese cuerpo, vestido con una bata de dormir blanca con flores azules, como sino hubiese tenido tiempo aquella señora, ni siquiera de ponerse sus baratas chancletas, para escapar de la muerte que la conquistó esa madrugada. Una rápida mirada, me mostró que al parecer no tenía rasguños, ni orificios de bala en su cuerpo. Otra mirada hacia arriba me indicó también que a esas alturas, La Modelo, estaba vacía, como si todos los presos se hubiesen escapado aprovechando el momento de la confusión del ataque estadounidense. El ambiente continuaba pesado, mientras caminábamos mas allá de la cárcel Modelo, hasta llegar a la altura de la calle 25, donde quedaba una serie de pequeños comercios y tiendas de abarrotes. De una de esas tiendecitas nos salió de repente una figura sin camisa, que me llamó por mi nombre: - Juega Manolo, si quieres algo de esta tienda, solo pídemelo que todo lo que está aquí me pertenece-.
De inmediato miré al que me hablaba, para percatarme que se trataba de un expatrullero que laboró en la Patrulla de Caminos de Chame, y a quien solo conocía por el apodo de “El Curvo”.
- ¿Qué sopá Curvo?¿Tú no estabas preso en La Modelo?-, le pregunté.
- Sí pero ya vez que ahora estoy libre y soy el dueño de todo esto, me respondió mientras bebía una soda Coca Cola-.
Le hice señas con mi mano derecha para seguir adelante. En ese instante, ni siquiera me imaginaba con lo que nos encontraríamos un poco más allá, en la calle 27; aquella misma calle de la cerveza fría de contrabando -de la Zona del Canal-, y del pesca’o frito.
Más adelante empezamos a bajar por la antigua Casa de Piedra. Allí, luego de haber sido derribada la Casa de Piedra, se construía un edificio -que ya estaba casi terminado- para albergar a algunos soldados de las Fuerzas de Defensa, con sus familiares. Al entrar en esa especie de callejón, que representa la última vía de El Chorrillo para salir de la capital la brisa marina nos trajo desde la Avenida de los Poetas un picantoso y agridulce olor que de inmediato me hizo escupir toda la tensión acumulada en mis pulmones. Era un olor que algunas veces vuelvo a sentir como si el tiempo no hubiese pasado, a pesar de los 20 años transcurridos.
Era una “multi combinación” de pólvora, con el humo del incendio que consumió las barracas de aquella calle del pesca’o frito con cerveza fría; aquella calle de las Hamms Beer de la Zona, y de la misma marihuana que volvía ´”locos” a los soldados del Comando Sur .
Era una combinación de tantísimos olores. Era la hediondez a muerte, llevada a través de aquellos vientos de Diciembre, en complicidad con todas esas tuberías rotas por el incendio o la metralla estadounidense, que esparcían hacia el cielo chorros de agua potable.
Era una hediondez a escombros de madera podrida y quemada hasta convertirse en carbón. Era una hediondez de ropa quemada, era una hediondez de cuerpos humanos. Cuerpos humanos mutilados. Cuerpos humanos desmembrados. Cuerpos humanos entre los escombros. Cuerpos humanos desfigurados. Humanos cuerpos carbonizados.
Solo tuve que mover “un poquitito” la mirada para abarcarlo casi todo. Hoy dicen que en esa área de la 27 calle y sus alrededores vivían unas 20 mil personas. Lo cierto es que ese día esa gente se quedó sin sus viviendas; sin sus barracones de madera que en el pasado sirvieron de dormitorio a los chombos antillanos que llegaron de las islas del Caribe para la construcción del Cana1.
Abría y cerraba los ojos. Se trataba de una visión extraña, muy confusa para mí en ese momento; casi como de aquellas películas que ahora presagian el fin apocalíptico del mundo. Un enorme chorro de agua nacía de entre los escombros de madera, cemento y zinc al inicio de esa 27 calle chorrillera.
Hoy muchas cosas de aquel día se han borrado de mi memoria, pero por suerte mi hermano Oscar Álvarez Cedeño me acompañó un día después, para ahora servirme de bastón histórico en el que me apoyaré más adelante para continuar este testimonial.
Traté de grabarlo todo en mi cerebro. Pero lo que sí no se ha borrado, ni se borrará de mi mente fue aquello, porque un poco más allá de donde empezaba mi mirada, mi vista tropezó con algo que de inmediato llamó mi atención, mucho más de lo que había a mi alrededor: Un enorme auto Chevrolet del 68 de un color amarrillo desteñido por el paso del tiempo, yacía inerme sospechosamente quieto en el centro de la 27 calle del populoso barrio de El Chorrillo. Pero había algo muy extraño que no terminaba de digerir mentalmente. Y es que aquel automóvil estaba tan aplastado o más que una lata de cerveza luego que alguien estrella unos de sus pies contra ella.
Por supuesto que aquello me extrañó mucho, por lo que paso a paso me acerqué hacia donde se encontraba aquel enorme automóvil Chevrolet color amarillo suciamente desteñido, que se encontraba aplastado como si fuera una cucaracha pisoteada; de esas enormes que todavía hoy y desde siempre pululan por cada recoveco del planeta.
Me acerqué con sigilo y cautela, como para no romper ese momento de suspenso. Me detuve. Quedé inmóvil; paralizado, como si mis pies estuviesen clavados en el duro cemento de esa 27 calle de El Chorrillo.
Miré a un lado para observar que Pepe Collado estaba con la boca abierta, como dudando de la realidad que se estrellaba contra la retina de sus ojos. Entonces de inmediato volví a mirar hacia los despojos del Chevrolet de color amarillo sucio desteñido que estaba estampado contra el pavimento, cuando me percaté que en el puesto del conductor, aferrado al volante se encontraba el cuerpo casi totalmente carbonizado de un hombre que me pareció de contextura algo corpulenta. Una tanqueta de oruga del ejército estadounidense le había pasado por encima a ese Chevrolet del 68 color amarillo sucio, con todo y conductor adentro.
Miré una y otra vez aquella escena que formaba solamente una de las piezas de aquel rompecabezas de destrucción que se había convertido en el nuevo paisaje de aquella 27 calle de El Chorrillo.
EN LA MIRA DE UN FUSIL M-16
De golpe, y motivado por aquella impactante escena, como que me percaté de todo el riesgo que corríamos. Allí parado junto al destartalado automóvil, mi mente voló un par de horas hacia atrás. Vivía en ese entonces en un pequeño apartamento en la calle Colón, al lado de la alcaldía capitalina. A las 9:50 de la moche del 19 de Diciembre, recibí la llamada telefónica de mi amigo Jhon Otis, un periodista estadounidense que fungía como corresponsal adjunto en Panamá de la agencia noticiosa de prensa United Press International (UPI).
Con su acento gringo me preguntó: - Menolo, ¿qué estar pasando en tu país?-.
- No sé de qué me hablas Jhon-, le contesté.
- Es que estoy recibiendo reportes de los gringos, de Estados Unidos que indican que desde temprano haber un fuerte movimiento de tropas en Fort Bragg…como que ahora sí viene la invasión-, replicó.
No le dí casi ninguna importancia a lo que me decía Jhon, por lo que le contesté que debía tratarse de otras maniobras militares más del ejército de Estados Unidos, en la guerra mediática y de “alta” intensidad que se mantenía con el régimen del general Manuel Antonio Noriega.
Sin embargo Jhon me insistió que en esta ocasión, -la cosa parecer seria, por lo que debes estar muy atento-.
La conversación culminó con un par de mal chistes que nos contamos rápidamente, pero la preocupación quedó plantada. Le conté a mi esposa Lupe, sobre lo conversado con Jhon. Ella Jugueteaba con la pequeña Shantal, y con Manolito.
Luego de pensarlo un poco llamé por teléfono a San José Costa Rica, a la sede central para Centroamérica de la Agencia Francesa de Prensa (AFP). El francés Dominique Petite, el propio jefe de la AFP, me contestó del otro lado del hilo telefónico, al que de inmediato le comenté lo conversado con el corresponsal de la UPI.
- Acá tenemos también hay una serie de reportes y sospechas sobre lo mismo, por lo que debes estar preparado y listo por si sucede algo…no importa si es más tarde o en la madrugada…apenas escuches el primer bombazo llámame-, me advirtió Dominique, para luego darme el número directo de su casa, en San José Costa Rica.
Desde ese momento no pude conciliar el sueño, pendiente de lo que se nos venía encima. Pasaban los minutos y se acercaba la medianoche o eran ya las 12:00, desde que recibiera la llamada de Jhon Otis, cuando de repente escuché un ensordecedor estruendo, seguido de otros muchos más, que incluso hicieron vibrar las paredes del edificio en la calle Colón.
- Párate Lupe que empezó la vaina-, le grité a mi compañera que de inmediato quedó de pié abrazada a nuestros dos pequeños niños. Estaba alterado, pero enseguida tomé el teléfono. Apenas sonó dos veces del otro lado, en San José Costa Rica, cuando Dominique Petite me contestó.
El francés también estaba listo y atento.
- Dominique…empezó la invasión-, le grité a través del aparato telefónico.
Otra seguidilla de fortísimas detonaciones volvieron a escucharse, luego del tableteo de metralla que también se sentía a la distancia.
- La cosa se escucha bien fea. Me acabo de asomar al balcón de mi apartamento y veo a muchas personas como huyendo desde el área del Cuartel Central, hacia la avenida B-, le conté rápidamente
Entonces Dominique con su acento afrancesado me hizo aquella pregunta que nunca olvidaré: -¿Y tu ya fuiste al Cuartel Central, para ver de cerca como están las cosas, o si Noriega está allí?-.
En primera instancia, esa pregunta me dejó con la boca abierta, pero de inmediato le respondí con mucha rabia:
- Chucha de tu madre, porqué mejor no vas tú al puto Cuartel Central, pa’que los gringos te maten de un solo tiro en la cabeza-.
Dominique dejó pasar aquel golpe verbal, para pedirme calma, a fin de articular el reporte que le estaba dando, con el que él redactaría una pequeñísima nota urgente que más o menos diría: “Inició la invasión estadounidense a Panamá, para derrocar al general Manuel Antonio Noriega. Se escuchan potentes detonaciones desde el área del Cuartel Central en el populoso barrio de El Chorrillo, en la capital panameña”.
La conversación con Domique Petite fue corta, pero lo suficientemente larga y articulada para establecer con claridad que la situación era complicada, porque había iniciado la invasión a Panamá. Desde ese instante no pegué un ojo en lo que restaba de la madrugada, recibiendo informes telefónicos de amigos como la periodista Nadia Miranda, que vivían muy cerca del Cuartel Central.
También tomaba datos de las radioemisoras que igualmente reportaban lo que estaba sucediendo, como la Radio Nacional y La Exitosa. Ya a eso de las 7:30 de la mañana cuando la claridad había dado paso por completo a la luz del 20 de Diciembre, me armé con mi carné de prensa de la AFP, que colgué de mi cuello.
Abandoné la seguridad de mi apartamento, para caminar con mucha cautela hacia el área del Cuartel Central. Caminaba pegado a las paredes de cuanto edificio estuviera cerca, hasta llegar al parquecito de los Aburridos. Desde allí empezaba un retén en el que estaba un grupo de soldados estadounidenses, por lo que tomé por detrás de los caserones de madera del área, hasta llegar al lado de una señora que en un enorme balde lavaba ropa, como si nada estuviera sucediendo muy cerca de ella.
Me le acerqué y ella me miró sorprendida, para luego decirme en tono lastimero: -Mijito tú no te quieres…tú no estás viendo que allí adelante están los gringos apuntándote con sus rifles-.
La advertencia de la anciana me hizo mirar hacia delante, a unos 20 metros de donde estaba, para percatarme que uno de los soldados estadounidenses parapetados detrás de una improvisada trinchera, me apuntaba con su fusil M-16, con mira infrarroja.
El terror se apoderó de mí, pero me mantuve tranquilo pegado a la pared de madera. Solo se me ocurrió tomar el carné de la AFP en mi mano derecha para enseñarlo a la distancia, a fin de que el soldado lo observara a través de la mira telescópica de aquel amenazante fusil de asalto M-16.
El soldado siguió apuntándome, por lo que empecé a retroceder lenta y pausadamente, en busca de otro recoveco que me condujera lo mas cercano posible al Cuartel Central. Fue así que al pasar por el área de Patio Pinel me encontré con el periodista oriundo del barrio de Plaza Amador, José “Pepe” Collado.
TERROR EN EL SANTO TOMÁS. ´´NO SALGAN A LA CALLE´´
Abandoné el área de El Chorrillo, agobiado por todo lo que allí había visto. Pasó el día, y a la mañana siguiente contacté telefónicamente a mi hermano Oscar Alvarez, para que con su automóvil hiciéramos un recorrido por algunos puntos de la ciudad.
La avenida Central era un despelote total. Desde el 20, la gente estaba desbordada saqueando los almacenes. Los saqueadores se llevaban cualquier cosa.
Por un lado un señor llevaba en sus hombros un enorme televisor robado de un almacén cuyo nombre ya ni recuerdo, mientras que por el otro lado un joven sostenía unos 10 globos inflados con helio, como si eso fuera lo único que pudo sacar del saqueo. Lo mismo sucedía en la vía España, la Transístmica y en muchas partes más.
A eso del mediodía nos dirigimos al estatal Hospital Santo Tomás, y desde lejos sentimos el terrible olor a muerte que salía de la morgue para esparcirse por casi todos lados. En el hospital todo era confusión.
Allí nos encontramos con el comandante de los Batallones de la Dignidad, Benjamín Colamarco, quien vestía un pantalón militar color verde, y un suéter blanco. Calzaba botas militares y de uno de sus hombros colgaba un fusil de asalto AK-47. Cruzamos un par de palabras.
- ¿Cómo anda todo?-, le pregunté.
- Estamos resistiendo-, me contestó, y de inmediato cada uno tomó por su lado.
Mi hermano y yo continuamos hacia el Cuarto de Urgencias, pero antes de llegar allí otra situación volvió a marcarme. Y es que de una ambulancia bajaron en camilla el cuerpo de un hombre de unos 30 años, que tenía un enorme boquete en el lado derecho de la cabeza, de donde como un volcán en erupción brotaban enormes chorros de sangre, que se derramaban por todos lados. Aquel cuerpo inerme lo ingresaron por una puerta al Cuarto de Urgencias, y lo sacaron casi de inmediato, por otra salida rumbo a la morgue. En ese momento me separé de mi hermano, para salir de aquel perímetro tratando de convencerme de que esa escena no me golpearía.
Sin embargo esa fue la gota que derramó el vaso de agua de mi resistencia emocional, porque entonces y abrazado a una columna empecé a llorar, mientras me juraba que jamás volvería a ser periodista, ya que no soportaba ver tanta tragedia. Pero también me repuse de eso, y seguí caminando hasta la morgue de donde salía aquel olor a cuerpos mutilados; desmembrados por la artillería del ejército estadounidense.
Afuera de la morgue se encontraba la entonces fiscal Ana Belfón. Una mascarilla quirúrgica cubría su nariz y boca. Dos guantes de latex, sus manos.
- Aquí no cabe un solo muerto más-, me dijo.
Conversamos por un momento. Se veía agotadamente confundida. Culminado el diálogo empecé a desandar mis pasos hacia el cuarto de urgencias, a donde había quedado mi hermano. Allí lo encontré impresionado por lo que había visto.
Mi hermano me contó que mientras estuve por la morgue, a las cercanías del cuarto de urgencias llegó un camión del ejército estadounidense con unos 15 cadáveres más, que fueron depositados en el piso.
Él recuerda que un médico del Santo Tomás se volvió histérico al ver aquello: -Chucha madre coño, les he dicho que no salgan a la calle, que los van a matar a todos-, recuerda mi hermano que gritaba aquel galeno, lleno de miedo y frustración, mientras se agarraba la cabeza con ambas manos.
Mi hermano terminó el relato, agotado emocionalmente por lo que presenció. Le toqué el hombro derecho y empezamos a caminar sin dirección, hasta que lo llamó una joven señora que lo reconoció: -Oscar que haces por acá, por estos lugares de tanto peligro-.
Resultó que aquella señora laboraba en la cocina del Hospital Santo Tomás.
- ¿Tienen hambre?-, nos preguntó.
- Claro que sí-, respondimos a coro.
Ella ingresó al área de la cocina del hospital, para después retornar con dos platos de arroz blanco en “strike” .
- Es lo único que tenemos ahora aquí, porque son pocos los trabajadores que han venido a laborar, por temor a que los maten en la calle-, explicó.
Ambos tomamos los platos, y comimos con intensidad aquel exquisito arroz seco y templao. Dejamos los platos tan limpios y brillantes, que podíamos vernos en ellos como si fueran un par de espejos. Eran las 3:20 de la tarde del 21 de Diciembre. El día empezaba a morir como muchos de aquellos cuerpos sin vida que atiborraban la morgue del Hospital Santo Tomás.
¿DE DÓNDE VIENE ESE OLOR?.
Al día siguiente, el 22 de Diciembre llamé temprano a mi hermano por teléfono para que continuáramos la faena, pero para mi sorpresa me dijo que no me acompañaría, porque aún estaba impactado por todo lo que había visto. Entendí muy bien su posición, sobre todo porque nuestra madre se encontraba al borde de la histeria por el riesgo que habíamos corrido en las calles. Sin embargo, yo tenía que continuar mi faena periodística, por lo que me contacté con mi amigo Emilio “El Fish” Jiménez, para que pusiera su pequeño auto escarabajo a mi disposición.
Tal como se lo había prometido a mi hermano, le expliqué al Fish que le pagaría cien dólares el día, tan pronto llegara a Panamá procedente de San José, Costa Rica el director de la AFP, Dominique Petite, quien me traería el dinero. El Fish no lo pensó dos veces.
Nos encontramos por el área de la Plaza Amador, para continuar con la cobertura periodística. Nos dirigimos hacia el Cuartel Central en El Chorrillo. El otrora símbolo de poder del régimen militar panameño, era ahora una serie de escombros y despojos de hierro retorcidos con trozos de madera y otros materiales que estaban desperdigados por todas partes .
En esa área, el carné de prensa de la AFP me sirvió para no tener problemas con los soldados del ejército estadounidense que pululaban por todo el perímetro. La pared de la entrada principal del Cuartel Central había resistido los bombazos, aunque enormes hoyos testimoniaban lo duro de la metralla recibida.
Caminando de un lado a otro me encontré con un subteniente de apellido O’Connor. Era de tez tan blanca como un papel, y de estatura considerable. Tenía sobre sus ojos enormes lentes. Empezamos a conversar sobre todo lo sucedido, porque él militar estadounidense dominaba perfectamente el idioma español. Mientras caminábamos se mostraba notablemente impresionado por la destrucción ocasionada por el bombardeo. De repente me detuve impactado por el fuerte olor a podrido que de forma inesperada se tomó el ambiente.
- ¿Teniente qué puede ser ese olor?-, le pregunté.
- ¿Huele como a muerto?-, volví a decir.
De inmediato me contestó como si la respuesta ya la tuviera lista y preparada: -Lo que pasa es que como estamos cerca de la navidad, mucha de la comida y las carnes que la gente había preparado para esta fiesta, se perdió por el bombardeo, y ahora empezó a podrirse y por eso huele así-, me respondió. Lo miré y ensayé una nerviosa sonrisa.
EL PESEBRE RESISTIÓ EL BOMBARDEO.
Me despedí del teniente O´Connor, para adentrarme hasta donde pude en las destrozadas entrañas del Cuartel Central. Por donde mirara todo estaba tirado, destrozado y desperdigado. Cerca del patio del Cuartel Central dos cosas me llamaron poderosamente la atención; una de ellas un intacto pesebre de gran tamaño con las imágenes de la virgen María, San José, un burro y una vaca. Había sobrevivido al indiscriminado bombardeo que por tierra y aire recibió el comando Central de las ahora desmanteladas Fuerzas de Defensa. Todas las figuras emblemáticas del nacimiento del niño Jesús, estaban cobijadas dentro de una enramada de pencas secas, que ni siquiera había sido tocada ni por el fuego, ni tampoco por la metralla disparada contra el Cuartel Central.
EL MACHO DE MONTE VIVE PARA LA GUERRA
Un poco más allá del sobreviviente pesebre, en una pared se veía pintada en un fondo rojo, una enorme y desafiante calavera con una boina negra y dos grandes machetes cruzados. Una leyenda matizaba aquella pintura: “Los Macho de Monte Viven para la Guerra”. Esa era la entrada a la cuadra donde se había instalado la compañía Macho de Monte del ejército panameño, que era experta en guerra de guerrillas. La calavera de los temidos Macho de Monte, también había sobrevivido a las balas, rayos, bombas y granadas.
SE SALVÓ POR EL CHALECO ANTIBALAS.
Abandoné la zona del Cuartel Central, para apostarme por un momento en la avenida A, frente al antiguo gimnasio Neco De La Guardia, donde me encontré con un soldado estadounidense, de origen puertorriqueño, con quien entable una nueva conversación. Enseguida noté que en el lado derecho de su cuello había varios rasguños, como si hubiese recibido una batería de arañazos de una mujer despechada.
No pude contener la curiosidad y le pregunté sobre aquellos rasguños.
- Eso…estoy vivo de a puro milagro, porque una bala de AK-47 atravesó la culata de mi fusil M-16…luego la bala golpeó la parte de mi chaleco antibalas que cubre mi hombro y de allí me rasguñó el cuello. Estoy vivo de milagro, porque esa bala disparada por uno de los Batallones de la Dignidad, casi acaba conmigo-, relató el puertorriqueño, mientras se pasaba la mano derecha por aquellos rasguños. El soldado aseguró que -los Batallones de la Dignidad sí dieron la pelea; mucho más que los de las Fuerzas de Defensa, que se comportaron como cobardes-, matizó mientras me enseñaba un pequeño rasguño de entrada y salida en la culata de su fusil de asalto M-16.
Luego de aquella conversación empecé a abandonar aquel perímetro. La gente de El Chorrillo atendía como héroes a los militares estadounidenses, a los que algunas chicas les brindaban besos y abrazos. -Eso está raro-, pensé. -Son cosas de la guerra-, le comenté al Fish, quien solo movió su cabeza de un lado al otro.
NORIEGA: DE DICTADOR A REO.
La invasión se ejecutó en Diciembre de 1989, pero fue a inicios del mes de Enero de 1990, cuando Noriega se rindió al ejército estadounidense, sin disparar ni un solo tiro y después de haber permanecido refugiado durante varios días en la sede Nunciatura Apostólica, localizada aún en el exclusivo barrio de Paitilla.
En Miami, Estados Unidos Noriega fue condenado a 40 años de prisión por narcotráfico, pena que le fuera reducida por buen comportamiento y otros aspectos legales más.
En el 2008 el general Manuel Antonio Noriega cumplió su condena, pero aún permanece en el Centro Correccional de Miami, Estados Unidos, pendiente de la decisión que tomen los magistrados estadounidenses, sobre la solicitud de extradición hecha por Francia, donde en 1999 lo juzgaron y condenaron en ausencia a 10 años de arresto, por el delito de blanqueo de capitales.
Las autoridades panameñas también solicitaron a Estados Unidos la repatriación de Noriega, ya que en nuestro país fue condenado a 20 años de prisión por el asesinato de Hugo Spadafora. Igualmente tiene otra condena de 20 años más por el fusilamiento del mayor Moisés Giroldi Vera, quien encabezara el 3 de Octubre de 1989, una fallida asonada contra el entonces Hombre Fuerte de Panamá.
VEINTE AÑOS DESPUÉS DEL VEINTE. ¿CUÁNTOS PANAMEÑOS MURIERON?.
Veinte años han trascurrido, desde la invasión estadounidense del 20 de Diciembre de 1989 a Panamá. Veinte años que no pueden haber cicatrizado las heridas emocionales de quienes sufrieron el impacto directo de la acción denominada Causa Justa, por la administración de George Bush padre.
La captura y derrocamiento del general Manuel Antonio Noriega fue el argumento esgrimido por la administración estadounidense, para invadir Panamá. Noriega tenía abierto en Estados Unidos un proceso judicial por narcotráfico. Veinte años para no olvidar a los muertos, heridos, mutilados y afectados por la invasión.
-¿Cuántos panameños fallecieron por esta acción militar?-. Esta es una pregunta que hasta el momento no tiene una respuesta exacta. Una investigación adelantada en 1990 por la iglesia católica panameña, indica que por la invasión fallecieron 560 panameños, en su gran mayoría civiles, mientras que Estados Unidos afirma que sólo 24 de sus soldados murieron. De estos, Estados Unidos asegura que la mayoría falleció producto del denominado “fuego amigo”, que es cuando un militar mata accidentalmente a un compañero de armas, durante un enfrentamiento con tropas adversarias.
Sin embargo, fuentes ligadas a los grupos que rechazaron la presencia militar estadounidense en Panamá, tienen varias cifras sobre los panameños caídos. Unas veces dicen que murieron 2 mil panameños, y en otras indican que hasta 5 mil. Estas cifras plantean una pregunta más: -¿Dónde están estos cadáveres?-.
Se comenta que en diversas partes del país hay fosas comunes que no han sido abiertas, como en el área de la Cooperativa de Pescadores de El Chorrillo, o por los lados del cementerio francés, en Pedro Miguel. En Marzo de 1990, asistí con un grupo de personas encabezadas por la señora Isabel Corro, del ahora extinto Comité de Familiares de las Víctimas de la Invasión, a la apertura de una fosa en un potrero de Chilibre, donde se encontraba enterrado un hombre, que había sido víctima de la acción militar estadounidense. También estuve cuando se abrió aquella gigantesca fosa común en el cementerio Jardín de Paz. Con esta acción se logró identificar a la gran cantidad de cadáveres de civiles y militares que allí habían sido depositados.
En El Chorrillo igualmente se han recabado una serie de testimonios de personas que dicen haber visto o escuchado que una cantidad no especificada de cadáveres fueron lanzados al área de la playa -con marea seca-, donde efectivos de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, los incineraron con lanzallamas, pero esto no ha sido corroborado científicamente.
Hoy lo cierto es que se cumplen 20 años de la invasión del veinte; un acontecimiento que marco negativamente y de manera profunda la existencia de miles de panameños. Veinte años de ésa invasión que la chorrillera “Bore” nunca olvidará mientras viva, porque perdió a su compañero, mientras que una hija y una nieta aún sufren las secuelas de aquella “Causa Justa”, no tan justa para los que fallecieron y sus familiares, ni tampoco para quienes quedaron con esa profunda cicatriz en el alma.
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