Silicon City
Por: Juan Lésbico
En Panamá están aumentado las cirugías estéticas y los niveles de tristeza y depresión entre la mujer. ¿Están relacionados? Podría ser. Un reciente estudio ofrece luces sobre el fenómeno.
El fenómeno se multiplica, se expande, cada vez están más estiradas y sopladas. En la pantalla se desbocan. Lastimosamente Panamá no tiene registros oficiales que permitan demarcar su dimensión para comparar con los vecinos; sólo sabemos de clínicas con promociones sabatinas de dos por uno, de una masa de jóvenes prematuras afanosas de cambios, de resultados mortales y satisfacciones, y de la sobredosis de experimentos que dominan el mercado. Un Silicon City en pleno desarrollo.
El primer estudio de calidad de vida del país que elaboró el Instituto Gorgas entre septiembre y octubre de 2007, y que no fue publicado hasta estos días, permite entender un poco mejor el fenómeno.
La mujer panameña, según el documento, es más triste y desesperanzada que el hombre. Varios factores inciden, como la dificultad para ascender cargos y desarrollar sus habilidades, pero quizás la más relevante del momento sea “la preocupación y grado de exigencia de la mujer por su aspecto y capacidades físicas”. Se perciben obesas resalta el estudio y practican mucho menos sexo que el hombre.
“Las medidas más utilizadas en todas la áreas -urbanas, rurales, indígenas- fue la de limpiar la casa, seguida de bailar y hacer ejercicio, siendo la última tener relaciones sexuales” detalló la encuesta elaborada a nivel nacional con más de 20 mil mujeres y representación en todas las provincias. El mayor grupo de ellas se ubicó entre los 25 y 48 años de edad.
El alcohol es su droga favorita, luego el tabaco. Le fascinan los juegos de azar más que al otro género, y se liberan orando y comprando. Escuchan música y leen, porque el hombre, explica el estudio, pierde su tiempo en la televisión, su principal actividad, observando ese modelo plástico en evolución que es ofertado como la excelencia mamaria, sin siquiera sopesar que está disparando los niveles de depresión de su compañera y deteriorando su calidad de vida.
Las soluciones estéticas, aunque sus costos reflejen accesibilidad, están tan distantes de la mayoría de las mujeres panameñas que resulta iluso observarlo como una fórmula viable para alcanzar la felicidad y niveles equitativos de satisfacción en una sociedad. Por qué mejor no empezamos a promocionar lo básico y procuramos hacer el amor más que barrer y ver televisión para que en el próximo estudio de calidad de vida se reflejen mejores indicadores y el fenómeno deje de estorbar.
La hinchazón y los laboratorios seguirán aumentado, discriminando, trastocando definitivamente el concepto de la naturalidad, convirtiendo a la mariposa en oruga y agudizando la melancolía de aquellas que se resistieron a condicionar su seguridad y su autoestima a fórmulas plásticas y de la otra gran mayoría que nunca fueron capaces de probar las mieles de la atracción porque aún se debaten entre vivir y comer, hasta que valoremos a las escúalidas, las introvertidas, las imperfectas, las que se acomodan a tajos, las rebeldes. Esas que no están disponibles, que ni figuran, ni son promocionadas, que son como un invento viejo, inútil…