Por: Macario Buen Ojo
Un periodista averigua la vida de un menor de 12 años, desaparecido aparentemente por la guerra entre pandillas rivales. Un episodio social de terror. Muy útil para entender.
El vecindario se resignó aceptar su muerte. Desde hace tres años, familiares y amigos han vivido sin noticias de él y las autoridades todavía no dan con el cadáver. Sólo su abuela, Ana Loretta Santos, de 63 años, mantiene viva la esperanza, por esas cosas díficiles de explicar que se llevan arraigadas en los tejidos familiares.
Loretta recuerda que el 13 de mayo de 2006, Víctor Alberto Peña Santos, alias “Bembi”, abandonó el apartamento del edificio donde vivía en Calle 25 de El Chorrillo. Ese día en el ambiente se podía distinguir un aire diferente. A pesar de que era sábado por la tarde, no había ruido, algo contrario a la idiosincrasia del panameño y en especial del chorrillero. Se trataba de un presagio, de algo malo.
Su nieto terminó de recoger sus pocos harapos y se despidió. No dio mayores detalles. Estaba apresurado y salió a cumplir su cita con el único aliado: el destino.
A partir de ese momento “Bembi” forma parte de una nueva generación de desaparecidos, similares en algún grado, a los que dejó la época de la dictadura, período transcurrido entre los años 1968 y 1989, con la única diferencia quizás, que en el pasado esas desapariciones eran orquestadas por el régimen de turno y ahora los artífices de esas desgracias son las pandillas delictivas que operan en el país.
Por todo lo demás, al igual que en esos años, en esta nueva década las autoridades siguen sin encontrar a los desaparecidos. No hay señales ni pistas que le den a sus familiares esperanzas de volver a abrazarlos un día.
Esa dualidad, que desespera y al mismo tiempo rebasa el nivel de zozobra, produce una frustración en la familia, alimentada de conjeturas sobre el dilema de la muerte y la vida; Al final termina robándole toda gota de esperanza, casi como en tiempos pasados.
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Sólo habían transcurrido tres años desde aquella fatídica invasión Estadounidense a Panamá: 20 de Diciembre de 1989. Todavía el pueblo no asimilaba las bajas sufridas, ni los cientos de lisiados que hubo por la operación “Causa Justa”. El barrio estaba en escombros, cuando Víctor Alberto Peña Santos ,se convertiría en un ciudadano de este país.
“Bembi”, inmediatamente formó parte de esa realidad en la que está inmersa un gran sector de nuestra sociedad. Fue víctima, muy prematuro, de la violencia familiar. Él apenas tenía 8 años cuando se convirtió en el único testigo de la muerte de su madre, quien fue asesinada por su esposo.
Para los vecinos, la mañana del 14 de junio de 2001 en Arraiján, quedó imborrable en sus memorias. El padre de “Bembi”, cegado por los celos, acabó con la vida de la mujer que decía amar, de un disparo en la cabeza, ante los ojos atónitos de un niño que sólo tuvo tiempo para gritar: “Mamá, ¿estás bien? “.
Y como era de esperarse, ese suceso marcó su vida. “Él no volvió a ser el mismo”, manifestó su abuela, quien al parecer tampoco ha sido la misma después de la muerte de su hija.
Al pequeño “Bembi” lo obligaron, durante 108 horas, a escuchar las teorías más descabelladas de los psicólogos más prestigiosos del país, quienes trataron de erradicar de su psiquis los rayos de maldad que el episodio violento posiblemente pudiera haberle causado en el cerebro.
Bembi tenía 69 % de posibilidad de ser un sicópata; referente que años más tarde utilizaría para justificar, el único homicidio conocido, que se presume cometió contra otro pre adolescente de su misma calaña, pero que hasta ahora no se le ha podido atribuir oficialmente.
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Dos años después, expertos en resocialización, no obtuvieron resultados positivos de esas largas terapias. Víctor Peña ya tenía 10 años y era expulsado de la Escuela República de Chile, en Calidonia, donde cursaba el V grado.
Los docentes del plantel educativo, al igual que el director, alegaron que era un niño vivaz y de mente fresca, pero con un odio “infinito” que lo convertía en un rebelde “extremadamente violento”, y ante esa situación les resultaba difícil, por no decir imposible, que el pre adolescente continuara con los demás niños en el centro de enseñanza.
Además, temían por sus constantes amenazas de muerte que hacía a su antojo a los demás niños, a trabajadores manuales y a los propios maestros, quienes empezaron a creer que cumpliría sus advertencias.
Esa decisión, que solucionó de un tajo los problemas de indisciplina en la escuela, tuvo un efecto contrario en la sociedad y en “Bembi”, quien tras ser votado del aula escolar se enfiló en tres de las quince pandillas que existen en su barrio, El Chorrillo. La vida de “Bembi” se mecía entre las pandillas “Patio Sucio” y “Bagdad”, “Quince Piso”. En ellas encontró hermandad y el sentido que hacia falta a su incomprendida vida.
En Bagdad, su zona de combate, recuerdan que cuando “Bembi” se acercaba a las canchas de fútbol a jugar con los niños del barrio todos salían huyendo, y el menor frustado en ocasiones sacaba su arma y disparaba de la rabia. Odiaba esto, este terror, me aseguraron fuentes muy cercanas a él.
Poco a poco, este adolescente adquirió experiencias que le brindó ese nuevo mundo en que el empezó a caminar. Consumía cocaína, pasaba el mayor tiempo posible, “batro”, bajos los efectos de marihuana, hierba que fumaba varias veces a la semana. No llegaba a tiempo a su casa. “Parecía un chico adulto”, dijo la abuela.
También se convirtió en un “gatillo alegre”. “Era todo un vaquero, sólo que en vez de lidiar con ganado y el pasto, era un amante de las armas, las cuales apuntaba contra sus enemigos sin ningún reparo de cargo de conciencia”, dijo Rodrigo Puerca, alias de un integrante de la pandilla de la que “Bembi” formaba parte.
No superaba los 12 años cuando asesinó a tiros a otro menor como él. Ambos integrantes de las pandillas rivales que operan en El Chorrillo, y “carnes de cañones” de una guerra cuyo principal objetivo es controlar el mercado negro del narcotráfico y así obtener dividendos del negocio ilícito más rentable del mundo. Su mentalidad ya había asimilado que en ese negocio no existe la lealtad, se debe robar, violar y “darle piso” a quien esté por delante como se acostumbra a decir en los ‘guetos’ de Panamá, en referencia a las ejecuciones que se cometen.
“Bembi”, soñaba con adquirir un carro y una casa. “¿Cómo era eso posible si no trabajaba?”, se preguntaba Loretta, a quien su nieto nunca decía la verdad de las cosas que hacía.
Dice la abuela, a quien a medida que cuenta las fechorías cometidas por su nieto se le nublan los ojos, que para lograr su meta no le importaba empeñar la vida con tal de concretar su objetivo. Prueba de ello es que le escuchaba decir una frase aprendida de los muchachos pandilleros que andaban con él: “Negocio es negocio”. La casa y el carro quedaron pendientes.
Por cada año que trascurre en Panamá, cerca de 75 niños reciben como primer consuelo un proyectil de arma de fuego que lástima su cuerpo. El 20% de ellos muere de acuerdo con el Sistema Integrado de Estadísticas Criminales del Ministerio de Gobierno y Justicia.
La mayoría de esos niños vienen de las zonas rojas: Santa Ana, El Chorrillo, San Felipe, Calidonia, Curundú, San Miguelito, Pedregal, Las Mañanitas, y de la provincia de Colón.
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La abuela “Ana Mae” jamás pensó que su nieto “Bembi” formaría parte de una nueva generación de desaparecidos post invasión. “Tiene que estar muerto”, pues una persona no pasa tanto tiempo alejado de su familia, y más si tiene enemigos quienes querían asesinarlo.
Para Ana Lorreta Santo, el período de la dictadura militar (1968-1989) es un mal recuerdo. En esa época, cada semana aparecía una muchedumbre de mujeres lagrimeando por un hijo, esposo, sobrino y hasta compañeros de trabajos a quienes supuestamente los militares habían ordenado su desaparición, simplemente por no profesar a la deidad del momento: El régimen militar.
Este joven, quien con su pasado nada tuvo que ver y que no olvidaría jamás, dice su Abuela, está pagando por nacer de una fracturación social y ser víctima de un sistema que por no aclarar nada, se encarga de hundir en el peor de las melancolías a nuevas víctimas, tal cual el pasado. Al igual que “Bembi” existen varias decenas de expedientes en el Ministerio Público y el Órgano Judicial, cuyos casos no han sido concluidos…
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